El monstruo de la niña
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El monstruo de la niña

 Ilustración: Nathalia Ríos 

Una vez una joven mujer hizo un dibujo. Pretendía atrapar en el papel un último instante de felicidad. Ahí viven una niña y un monstruo. Los dos están de espaldas, mirando un cielo de colores. La joven los hizo con trazos negros, uno al lado del otro, sin cogerse de las manos. Al monstruo el tiempo le quitó el nombre y ella decidió que de todas formas no quería recordarlo. No tienen colores porque todos se regaron en el cielo.

El suelo es una línea oscura que pretendió ser un horizonte, allá al fondo del paisaje, pero no lo consiguió.

También en el dibujo existe el sol, sigue intacto en la parte superior izquierda. Fuera del papel está la pared que lo sostiene, unida a otras paredes que a su vez hacen la forma de un cuarto pequeño. Hay en él una máquina de coser; una manada de rinocerontes de plastilina sin otro lugar para pastar que las telas extendidas por la mesa de trabajo, y un cactus-dinosaurio. A veces el monstruo se hace en el filo de la hoja y ve a los rinocerontes jugar, pelear, hacer montañas con telas de satín para luego resbalar a los rinocerontes bebés sobre ellas. Quisiera estar ahí, salirse un momento del dibujo. Cada vez que está a punto de saltar la mujer vuelve y lo pone en su sitio: frente al cielo de colores, al lado de la niña que permanece callada. Él ya ni la mira. Es parte del paisaje como puede serlo una piedra, una nube o un poco de tierra amontonada.

cielo

 

La mujer, la dueña del dibujo, la que habita el cuarto pequeño, cose y cose prendas que nunca termina y muñecos que deja a la mitad. Luego tira todo en una canasta a punto de desbordarse. Cuando no cose suele pasar largas horas viendo el dibujo. Esta vez algo la sorprende. La niña ya no está de espaldas al cuarto y de frente al cielo de colores. Se ha girado y mira a la mujer directo a los ojos. No le conocía la cara, nunca se la había dibujado. Pero resultó ser muy parecida a la de una niña que se le hacía familiar. Era ella misma muchos años atrás, cuando vivía en una casa grande en la que al final del patio había un árbol de mango.

Fue ahí donde un día apareció el monstruo. La niña nunca salía de su casa y no tenía un solo amigo. Para pasar las tardes inundadas del viento que venía del mar, según le había dicho su padre antes de partir, había hecho una rayuela que comenzaba en la salida de la cocina al patio y terminaba al pie de la sombra del árbol. Saltaba en uno y en dos pies. Tiraba el tejo. Le gustaba, por aquellos tiempos, el sonido que producía al romper los rayos del sol. Un día siguiendo el camino de la rayuela, se encontró justo cuando dio el salto final, al monstruo parado en el cielo. En el cielo de la rayuela, claro. Cayó en la punta de su dedo gordo del pie y él dio un grito de dolor. Ella se asustó y retrocedió hasta el número tres. Allí se acuclilló y metió su rostro entre las piernas, a ver si así desaparecía. Pero no. Al alzar la cabeza él seguía en el cielo. Lloraba. Ella sintió pena. Un monstruo así de grande y anaranjado, llorando sin consuelo. Con mucho cuidado de no tocar los bordes de la rayuela se acercó hasta él. Le puso la mano en el hombro y le prometió que lo curaría. Lo dijo vocalizando despacio pues en realidad no sabía en qué idioma hablaban los monstruos. Él se secó las lágrimas, vio el cabello desordenado de la niña metiéndose entre las nubes y supo que estaría a salvo.

Sentados en el cielo, bajo la sombra del palo de mango, se dijeron sus nombres y se dieron la mano. No quiso preguntarle de dónde venía ni cuánto tiempo se pensaba quedar; solo cruzó los dedos para que al otro día, al regresar del colegio, él siguiera allí, al final de la rayuela.

golosa

 

Y así fue. Al otro día estaba el monstruo esperándola con una cajita llena de secretos. Todos juntos solo para ella. Se puso muy feliz, no tanto porque le fascinaban las cajitas, sino porque nunca había tenido los secretos de nadie. Ni siquiera los de su papá.

En el dibujo algo pasó, y el monstruo y la niña están cada vez más distantes. Es como si ella se hubiese resignado a mirar otro fragmento de ese cielo infinito. Se han perdido trazos, por ejemplo, los de color amarillo. Quedan vacíos entre el azul y el verde. Además se comenzó a borrar un pedazo de esa línea que quiso ser un horizonte. Para no caerse, el monstruo sin nombre decidió saltar, porque el horizonte es a su vez el suelo que lo soporta. Ya ha perdido el nombre, no querrá que se lo trague el olvido también. Sin embargo, saltó del otro lado de donde está la niña. Quedaron muy lejos el uno del otro y si se hablaran, aún si se gritaran, no se escucharían. Las palabras rodarían por el agujero del suelo.

La mujer intenta tejer unos pájaros para las ramas secas de un árbol. Persiste, intenta, renuncia. Ya no ve muy bien y por tercera vez en el día ha perdido sus gafas. Prefiere volver al dibujo. Debe acercarse bastante para no verlo desenfocado y alcanza a darse cuenta de cómo la niña se puso de perfil. Se ha volteado hacia el monstruo. Extiende su mano derecha hacia él como si le pidiera que la ayudara a saltar del otro lado. Tiene miedo porque cada vez hay más abismo y menos horizonte. También desiste. Vuelve a ponerse de espaldas, frente al cielo. Mientras tanto el monstruo está buscando algo debajo de una piedra, cualquier cosa para entretenerse.

12En los primeros tiempos él solía construir barcos con alas para ella. Lo hacía porque quería ayudarla a encontrar a su padre. Pensaba que los dos podrían irse en ese barco volador, atravesar las montañas y llegar hasta el nevado a donde él había huido. El nevado era una montaña cubierta de hielo. El hielo era blanco. Eso le había explicado la niña. Ella tampoco había ido nunca a un nevado, pero su papá le había contado días antes de marcharse, que era un lugar donde había menos gravedad; casi, casi como la luna. Y si después de un momento no habías comenzado a flotar, entonces las piernas se volvían dos bloques de cemento. El monstruo le había asegurado que lo encontrarían. A cambio ella le enseñó a leer y a escribir. Los dos aprendieron a bailar sobre el cielo de tiza. Ella se paraba encima de sus pies grandes como lanchas y él comenzaba a hacer pasos de vals. Era bonito verlos a los dos sobre las nubes. Giraban y giraban muertos de risa. Al final siempre terminaban con un abrazo.

¿Qué habría fallado? El monstruo antes solía cogerle la mano y ella era feliz. Les gustaba hablar de muchas cosas o incluso no decirse nada. Un día le soltó la mano. Se quedó a su lado pero ya no la tiene de la mano y la niña se volvió triste. Nada de aquel espacio la conforta. Tampoco puede irse a otro lugar ¿cómo borrarse del dibujo? En todo caso si lo intentara quedaría un manchón sucio que dañaría el paisaje. El monstruo en cambio sigue muy sonriente. Está esperando a que anochezca para ver si las estrellas en ese cielo también serían de colores. Aunque quizá nunca venga la noche.

nina

 

La mujer les ha dado la espalda. Todo vuelve como las olas, como las hormigas, la lluvia y las torcazas. Hasta el pasado que se había enterrado en lo más profundo, vuelve. La mujer que es la misma niña del dibujo y la misma de la sombra del árbol, se tapa el rostro con su cabello cano. Resulta que le cayó mucha neblina en la cabeza y que de tanta neblina se fue congelando. Ahora ella misma es un nevado. La montaña de su padre.

barco

 

Hay días en los que alcanza a sentirse feliz con los silencios de su habitación. Le gusta su casa callada porque descubrió que allí podía esconderse con todo y sus ruinas. Hacer un montón de escombros y sentarse sobre ellos. Construir túneles y laberintos por donde deambulen sus recuerdos y se pierdan junto con las imágenes de felicidad que tanto extraña. Sin embargo a veces, desde lejos, viaja hasta ella un meteorito que cae encima de todo. Como justo ahora que la niña del dibujo ha pegado un grito. La mujer los mira de nuevo, asustada.

rinobosqueEl monstruo se acaba de caer por el abismo del horizonte. Quién sabe por qué, qué andaría persiguiendo o buscando. La niña tiene las manos sobre los oídos, la boca abierta y los ojos apretados. Se pueden oír los ecos del abismo. Los adioses del monstruo que cae, cae, cae. Las lágrimas de la niña comienzan a diluir los colores. Hacen mucho ruido los adioses. La mujer entonces recuerda que lo único que le dejó su padre fue un casete en el que había capturado al viento. Así que se le ocurre, para calmar la tragedia, ponerlo a sonar en el cuarto.

El cielo cayó sobre su vestido. En medio de todas las nubes vino el pasado y zumbó tan duro… No quedaba nada más que los restos de aquel dibujo y la niña que no paraba de llorar. El viento siguió sonando fuerte, muy fuerte, y ella, la mujer, atravesó la densidad del aire, llegó hasta el papel y lo despegó. Tenía que hacerlo porque el agua se desbordó y comenzó a bajar por la pared. La aterró pensar que se inundaría la habitación; hizo una canoa con el dibujo, pero tampoco funcionó. Seguían los ecos del monstruo y el agua de la niña. Tuvo que hacerlo. Rompió el papel y mandó los pedazos a las nubes formadas por el sonido del viento, para que se los llevaran lejos. Después de un rato apagó la casetera y se sentó frente a la pared vacía. Los rinocerontes salieron de debajo de las telas.

rinos

1 1 4618 17 marzo, 2013 Cuento, Textos marzo 17, 2013

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