El parque y los niños de La Olla

El parque y los niños de La Olla

Texto y Fotografia
Lina Marcela Sanchez Calderon
 

no_5694Raspada, aruñada, sucia. Las casas: raspadas, aruñadas, sucias. La niña corre tras él, a las tres de la tarde del domingo, entre las carreras 11 y 12 con Calle 13 del barrio Fray Damián. El niño atraviesa el pasillo de la estación; se enreda entre las barandas, grita, ríe, se tropieza al saltar y corre hacia la otra acera. La niña se rinde y sale tras otro. Lo logra: -¡metete y verás cómo te saco el otro diente!- Tiene ocho años. Blusa morada, que combina con el sujetador de su pelo. A su sonrisa le falta un diente. Las cuatro niñas y los tres niños se recuestan sobre las barandas. El niño de camisa roja, pantalón beige y chanclas, coge un palo de escoba partido, entra a la estación y, sin saberlo, imita a Chaplin. Coge su bastón con las dos manos, da pasos cortos, talonea y, riendo, espera que pase un bus para montarse. Sube al bus hasta la franja amarilla, –A Doña Pancha le gusta la revancha- canta con efusividad mientras los pasajeros desconcertados lo observan. El pito le indica que las puertas van a cerrar. Sale y sigue cantando mientras los demás ríen. El guardia lo observa. No le dice nada. Se ha establecido un acuerdo tácito; algunas reglas se rompen porque la informalidad del lugar lo permite. Los niños son los que ponen los límites.

Acá los guardias del MIO los fines de semana en las tardes deben estar pendientes de los niños: “se trepan, corren, entran a la estación. A veces, dependiendo del policía bachiller que esté, joden menos. Pero ¡eh, parece que les hubieran hecho un parque!”. El parque de La Olla, la herida social; donde a las casas se les ve la esterilla, los ladrillos están raspados, las calles desarticuladas. No hay cómo pensar en otro tipo de parque. Los niños siguen atravesando las barandas, se cuelgan de los tubos, oprimen el botón para abrir las puertas y cuando ésta empieza a cerrarse, ellos salen, entran, salen, entran, salen y ¡zaz! -¿te alcanzaste a machucar? ¡mostrá, mostrá!-. Todos ríen. Es el dedo gordo. El más pequeño sube por las rejas de la puerta, toca el pico del acero y se sienta en el borde. Desde el extremo del vagón se alcanza a ver uno de sus pies descalzos, jugueteando con las varillas…-¡bajate de ahí, carajo, que ahí viene el…!- La hermana del niño no alcanza a terminar -¡Niño! Bájese de ahí. ¡Qué cosita! Les da uno confianza y vea. ¡Hacé el favor! ¡Este no es un sitio de juego!-

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Por el rabillo cristalizado de la estación se reflejan los cuerpos del gigante azul unidos por su cintura gris. Se acerca el siamés, con aspecto irregular. Viene desde el extremo de la otra cuadra. Dos niños juegan con el palo en medio de su camino. En segundos, no es su reflejo, sino él mismo y su sonido ahogado los que dan la señal: -Yiyo, a la cuenta de tres: uno, dos, ¡aaahh!-. Como palomas, logran volar al pasillo descubierto de la estación. Sobre el andén, el tío de Yiyo lo mira, desde su silla de ruedas, sin camisa, haciendo de la calle un lugar íntimo. No dice nada, sólo mira. Cada tanto tiempo, deja de observar al pequeño y conduce su automóvil hasta la esquina. La calle se convierte en el único lugar cuando en casa se vuelve caótico el metro cuadrado para cinco. Ojos fisgones, puertas abiertas, personas al umbral entre calle y hogar. El cemento es lo único que se puede y desea observar.

Se confunde lo público con lo privado. La marginación de La Olla es, también, un ejemplo de resistencia a la privatización del espacio. Una madre le dice a su hija, desde la ventana de un tercer piso, que traiga el mandado; otro hombre sale hasta el andén y le grita a otra niña que dónde ha dejado el martillo. Las cicatrices del joven sentado se mimetizan en el ambiente. Invasión de niños; catorce niños en pequeños grupos se apropian del espacio. Los más pequeños juegan con el polvo del pavimento; una niña de más o menos ocho años sostiene a su amigo que actúa de borracho; la pequeña insinúa, en medio del juego, que lo está entrando a la casa. Otros pelean y caminan como los más grandes les han enseñado: ceño fruncido, mirada fuerte, como si todo el cuerpo le gritara a su entorno las palabras más rabiosas. El juego como proyección, simulación, encantamiento. El juego como prolongación y extensión de una calle que nunca está en silencio, que parece ser en las noches y representada en las tardes.

El tiempo decide qué gesto mostrar. En la oscuridad, los niños a la sombra, el rostro tensionado, el caminar menos despreocupado. Sábado en la noche: en la esquina de la panadería, un indigente escarbando la basura hasta la náusea. Dos hombres sentados en el andén de la callejuela parlotean; los niños más grandes juegan escondite, la mayoría llenos de polvo. Un hombre logra desprenderse del pegante. Olfatea. Empieza a cantar. Por el pasillo de la estación se asoma una mujer que lleva diez minutos esperando continuar su recorrido. –Mona, mona- le gritan desde el extremo del pasillo –mona, venga le digo- La mujer, de espaldas a él, da un paso hacia el vagón: –mejor me entro-. El exterior se puede contemplar a través de la vitrina si no se desea entrar en contacto. La mirada cambia, los reflejos se activan, los cuerpos se transforman. El olor es más fuerte. Sobre la calle de la estación, ninguna puerta abierta, ningún ojo husmeando. Son más de las siete. Ahora el trajín nocturno.

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La estación ha reconfigurado las conductas y costumbres que los niños asociaban con su espacio. –Antes nos dejaban jugar hasta la madrugada-. Antes, dice Laura, cuando la vía estaba desarticulada para los automóviles y podían circular a sus anchas los habitantes. La calle permitía la escenificación, la representación de lo que se vivía en el hogar. En las tardes están las cuatro niñas, los tres niños, un perrito, los usuarios del masivo en la estación, un guarda, un policía y algunos vecinos fisgoneando desde las ventanas. Pocos pasajeros salen, casi todos paran allí para hacer trasbordo. De uno de los articulados sale un hombre alto, de camisa blanca, con una maleta de ruedas. El niño del bastón se monta en ella y tras él, otro niño, de camisa verde, lo sigue. El hombre sacude la maleta. Ellos vuelven a montarse. El hombre sacude fuertemente la maleta y hace que el niño del bastón golpee contra el piso. Silencio. Le hace señas al guarda para que reprenda a los infantes. No pasa nada. No hay ningún burgo que prohíba a los niños el acceso a los muros de la ciudad. El hombre, ahora con la frente contraída, sigue su ruta hasta la puerta donde debe abordar el próximo vehículo. Que la estación sea un parque, es sólo un acuerdo colectivo que realizan, de manera inconsciente, para no expropiarse del lugar. Allí el juego permite la burla a las tristezas y carencias propias.

El lugar lingüístico: la arquitectura construye al mismo tiempo signos y significados. Una mujer que va a abordar el bus en la estación dice que antes de que existiera esa ruta, ella nunca había pasado. Supone que el barrio pudo haber sido peor y que tal vez un domingo en la tarde hubiera sido imposible estar allí. “Mejoró la zona por donde pasa el articulado, ¡eso sí! Pero no el sector como tal. Esto porque es domingo, pero igual salga de la estación a ver qué le pasa”, dice otro pasajero. Construcción prefabricada. Paredes grises, puertas de cristal; espacio monocromático. El cubo, con sus habitantes de cinco minutos, se mantiene como un no-lugar: no cabe el recuerdo colectivo, la mirada compartida. No hay intento por construir memoria. Lugar de paso; la norma: el silencio. Aunque el espacio exterior es el que pone los límites: se está pasando por Fray Damián, uno de los sectores marginados de Cali. No se pasa sólo por una estación que después conduce a otra igual, a otra igual, a otra igual…“A Doña Pancha le gusta la revancha”. Los niños, en la tarde de un domingo, son el contraste.

En Mayo de 2006 Metrocali saca un comunicado acerca del proyecto de transformación del Centro: “Con el MIO no sólo se busca incluir un nuevo transporte vial, sino una nueva cultura y renovación de la ciudad. Para éste objetivo el punto de partida es la recuperación parcial de los sectores deprimidos de toda la ciudad”. Cuatro años después, el Consejo de Cali pone en discusión la eficacia y desarrollo del Plan Parcial Paraíso, encargado de la restauración de los barrios ubicados entre las calles 13 y 15 del Centro, por medio de la construcción del MIO. Desde los inicios de la ejecución del masivo, a los habitantes de la zona les hablan sobre la inversión social que viene tras la implementación del nuevo medio de transporte. Hace 40 minutos eran las tres y desde ese momento la policía ha pasado cinco veces. Inspecciona el lugar. Han pasado tres carretilleros, dos niñas embarazadas, tres niños descalzos, un hombre borracho. Dos grafitis: “Prohibido matar. Laehvjkjf no acepta competencia”, “Univalle herida de muerte”.

El panorama de lo que pasa frente a la estación, entre las calles del barrio, deja ver el contraste entre los nuevos y viejos juegos de los niños. En los vagones, los juegos resultan individuales; en el pavimento, compartidos. En los vagones hay más momentos de silencio y quietud; en el pavimento el juego es un espiral. En los vagones el juego acaba a las seis; en el pavimento a los niños les dan las diez. La conciencia sobre los peligros de la calle parece ir de la mano de los procesos de urbanización. Laura después de mucho pensar por qué su madre ahora la entra a las seis de la tarde, responde que después de esa hora “hay mucho morboso y vicioso”. “Antes los niños de allá, jugaban con los de acá y como aquí no pasaban carros teníamos todo ese espacio, desde allá”. Las formas de entretenimiento resultan alteradas.

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La estación, al ser invasora, es ajustada para que cumpla la función social que antes el espacio propiciaba. El juego es la condición. “Cuando la ciudad no es un espacio libre en el que se pueda jugar y circular, se convierte en un mundo inquietante” advierte Chombart. La restauración de las calles muestra una ciudad que es moldeada a partir de lo homogéneo. La nueva ciudad redefine los límites y separa los hogares de las calles. La intimidad y confusión entre los dos espacios se pierde. Se desplaza a los niños al interior de sus casas para que la regularidad del ambiente exterior no se vea alterada. Pero la estación para los niños no podía ser inquietante por siempre. El espacio se resiste a no tener sus propias murallas, sus propios límites.

A las cinco treinta un hombre camina hacia la calle de la estación. Antes de poder seguir su camino, una moto de la policía se acerca. Desde la vitrina, la acción silente se desarrolla. Un agente le retuerce el brazo derecho, el otro palpa sus pantalones. El hombre sostiene la mirada en un gesto de valentía, como si su brazo aún no se viera afectado. Gasolina. Ahora son los dos brazos los que retuerce el policía mientras el otro busca las esposas. –Estaba caminando acelerado desde la otra cuadra porque a la muchacha le rajó los brazos. Fue la mamá la que salió corriendo porque esa niña estaba toda chorreada.- Comenta Laura, sin ademán sorpresivo. Para este hombre, elPlan Ciudad Paraíso no contempla cualquier oportunidad. El mejoramiento en las condiciones de movilidad y calidad de vida para las 3.072 personas que –según la Alcaldía- residen en las 621 viviendas del Centro, está pensado sólo para quienes no generen turbulencia en el ambiente: “se ha diseñado un plan de intervención socialdebido a que en los estudios realizados se ha encontrado que hay una población que no está vinculada al reciclaje, ni al delito, ni a la droga sino que vive allí porque tiene una oportunidad de vivienda económica que no consigue en otra parte de la ciudad. Están confinados y para ellos habrá unos programas concretos para que sigan cerca al centro”.

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De cara a la estación, las casas de antaño, decoloradas. El cielo cubre con un filtro azul el espacio. Las puertas de cristal exhiben el transcurrir del exterior a los pasajeros refugiados. Una anciana descansa sobre las rejas de una bodega abandonada; a un hombre lo sostiene su pareja mientras intenta caminar. Del brazo le cuelga un trago. La anciana los ve pasar por su lado e intenta seguir el paso. Falla. De nuevo la mano en la reja. Un niño que corre hacia la bodega logra esquivar a la anciana para que no le pegue la lleva el que viene atrás. Un segundo intento. Las piernas no le dan. El espacio no da.

En la década de los treinta, del Centro de Cali migraron las elites, dejando en él, en especial en los sectores contiguos a la Plaza de Caicedo, la concentración de la actividad comercial y bancaria. En el otro polo del mismo Centro, el cuerpo de La Olla, hace largo tiempo sumido en el deterioro, no da más y las ayudas, pensadas sólo en términos cosméticos, se quedan cortas.

Faltan 10 para las seis. Las tres niñas más grandes, entre los once y doce años, junto con el perrito, salen en busca de cerveza; a la niña de ocho años, un hombre gordo y sin camisa, que está a la entrada de una casa de bahareque azul, le grita desde el otro extremo de la estación, que ya está bueno, que van a ser las seis, que se entre. La niña no hace caso y busca a sus amigos. El señor vuelve a gritarle: -¡Te entrás! ¡Mirá cómo estás, toda sucia! Ya no más- La niña patalea: -un rato más, yo sólo puedo salir los fines de semana ¡no es justo!-. Por el rabillo del ojo, se da cuenta, que a cuatro metros viene corriendo el niño del bastón con los brazos abiertos para agarrarla. La niña grita, sube las barandas, atraviesa la estación, cruza la calle y mientras el hombre le insiste, ella ya está escondida detrás suyo. El niño la observa desde la distancia. El hombre da la vuelta, la toma de la mano y cierra la puerta. Aunque la estación cierra a las diez treinta el juego ha terminado: el parque se transforma, la calle está cambiando.

0 7 4702 18 enero, 2011 Reportajes, Textos enero 18, 2011

7 comments

  1. Santiago Blandón Escobar

    Me gustó mucho el texto. Sobre todo porque hay una investigación muy profunda y no cae en el pecado de dramatizar o cuestionar. La descripción de espacio y la narración escena por escena están bien logradas. Pero a veces me daba la impresión de que estaba leyendo un tratado de antropología o algo así. A excepción de esas frases retóricas, el reportaje se me antoja genial. Felicitaciones. Y quiero felicitar también al colectivo por producir una página tan interesante, de verdad.

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  2. Vinci Andrés Belalcázar Yabur

    Gracias por tu comentario Santiago, la idea general es que ninguna edición es definitiva, los textos se mejoraran en la medida en que los autores reciban los comentarios y tengan tiempo para trabajar ellos. Podría ser que el autor delegara la re-escritura… veremos como avanza.

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  3. Johana Coral

    Me gustó mucho esta publicación Linita, lo pondré en mi muro… quiero citar lo siguiente: <…el juego permite la burla de las carencias y tristezas propias."Linita Calderón, muy buena frase algo muy conciente, te felicito.

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  4. Aurelio

    Quisiera contactarme contigo porque me gustaron las fotos que tomaste para éste artículo y quisiera tener tu consentimiento para poder usar parte de esas imágenes en algunos productos publicitarios que forman parte de una campaña de carácter netamente de ayuda social… agradeceré tu pronta respuesta, gracias.

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    1. Lina Sánchez

      Hola,

      Muchas gracias y perdón por contestarte hasta ahora. La verdad apenas vengo a ver estos comentarios. Supongo que ya habrás resuelto lo de la campaña pero igual te respondo: lamentablemente las fotos no se pueden usar. Fue un compromiso que hice con las madres de los niños. Que estés bien.

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