En los buses
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En los buses

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Mi primera cámara fue una kodak desechable que me dieron antes del paseo a una finca de mafiosos que quedaba por Jamundí. La gente estaba en la piscina, jugaba sapo y comía carne asada, mientras yo me escapaba a unos lagos artificiales de los alrededores, le dedique casi todo el rollo a los patos de ese lago, tenía 11 años. Mucho después mi padre y mi hermano rompieron las fotos para hacerle espacio en el álbum a unas fotos de familiares desconocidos. Aquí estoy yo ese día, la foto es de la misma cámara.

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El encuentro feliz con la fotografía no se repetiría, a pesar de mis ruegos y debido a mi total falta de iniciativa, hasta pasados los 18. Mucho después,  a la mitad de la carrera que me atormentó (periodismo), conseguí hacerme a la primera Dsrl de Sony. Una Alpha 100 que hoy me sigue acompañando. Con esa cámara me volví compulsivo, la llevaba a todas partes y bueno… ella me ha dado estas imágenes  que hacen parte de mi memoria de los  buses de Cali.

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Hábitos

Pertenezco a esa tipo de persona que cualquier día decide no bajarse del bus. Que se deja llevar por la ciudad esperando un impulso que aveces sólo llega frente al lugar donde se  subió, ya a la hora del almuerzo.  Me ocurrió con mucha frecuencia en la adolescencia y se ha repetido después, dejas la agenda del día tirada, las personas esperándote en cualquier parte, mientras la ciudad pasa por la ventanilla.

El niño con las frunas:

Esta foto de un joven vendedor de dulces que se mantiene en pie mientras el bus avanza y gira, frena y acelera, mientras todo parece quererlo en el piso, ha sido muy importante para mi. No le atribuyo al muchacho ninguna dignidad extraordinaria, me asombra su sencillo acto de equilibrio y resistencia.

 

La serenata:

Mirar por la ventana es un gesto ambiguo que puede significar cosas completamente opuestas y no se puede juzgar a la ligera. El escape a través del paisaje se da por pena o por desagrado, por hipersensibilidad, distracción o por la muerte del alma. Todo morimos y resucitamos muchas veces durante la vida. Hay mañanas en las que somos ogros insensibles y a la tarde nos conmueve incluso el juego del viento con las ramas.

 

La niña que mira:

SONY DSCEntre los pasajeros cansados, desconfiados, indiferentes, casi siempre hay un niño o una niña. Los niños se paran en las sillas, miran hacia atrás, hacen cosas insospechadas, como hablarle a un extraño; sus aventuras siempre terminan en una llamada al orden. Los pone de frente al espaldar donde hay escritas mil palabras, dibujados mil garabatos, sugeridas mil historias, que parecen aburrirlos.

 

El bus del colegio*

En 1991, la ruta de mi colegio, el Gimnasio los Farallones, nos recogía a mi hermano y a mi de primeros. Vivíamos en Santa Teresita, al oeste de Cali, a dos cuadras del zoologico; el colegio quedaba fuera de la ciudad, al sur. Teníamos que levantarnos a las 4 de la mañana y recorrer toda la ciudad, dando vueltas por los lugares más insospechados recogiendo a la clase media y media alta; esos muchachos que no alcanzaba a entrar en los colegios que tenían más renombre.

Siempre fui consciente de que el mio era un colegio de perfil medio. No por el costo de la mensualidad, sino por la calidad educativa.

Era tan desgastante como estudiar en otra ciudad. Ademas nos sometían a ese trato ominoso que se da con los niños, nos amontonaban de 3 o 4 por silla, unos se vomitaban sobre otros y una viejecilla de aspecto adorable a la que llamaban la abuela, ejercía una tiranía implacable sobre todos.

Recuerdo que el primer día al subir al bus para volver a casa, le di la carta con nuestra dirección. Cuando pasamos a media cuadra me paré y le dije que nos dejara allí, ella me mandó sentar sin escucharme y cuando le insistí me gritó sin más: “La ruta no se puede desviar”. Gruño la vieja miserable. Estamos a media cuadra le dije. No importaba.

Ese día nos dejaron de últimos, llegamos a casa a las 5 de la tarde. Ella misma nos regaño por no ser “avispados” y avisarle. Nos dejaron a dos cuadras. No habíamos almorzado y esto, sumado a la humillación recibida, me hizo odiar por primera vez a un anciano. Creo que fue la primera persona que odie en la vida.

El vendedor de manillas:

Me imagino que soy como muchas personas, quiero hacer el bien, pero no siento mayor simpatía por la gente. Somos todos tan monstruosos, tan crueles. A este señor que vendía manillas, yo le deseaba lo mejor, pero no podía evitar pensar al verlo,  al pensar en todos los que ibamos en el bus, que somos una especie dañina. Para mi pasearse entre la gente es como estar en medio de una película: Alien vs Depredador.

Veo las caras y pienso en los secretos que todos guardamos, en tanto rencor enquistado, en la poca humanidad que nos queda, si es que la humanidad es algo bueno. Por eso es que los gestos de generosidad son algo tan extraordinario. Somos tan viles que la generosidad no puede sino ser la expresión de un milagro.

Buses Andrés Belalcázar

Tenemos todos algo de reptil, algo de hiena.

Los únicos buses que recuerdo ver por el apartamento de Santa Teresita eran los Crema y Rojo. Unas maquinas destartaladas que nos llevaban al centro. En ellas bajaba mucho pueblo, como nosotros que, a pesar de vivir en un barrio de “gente bien”, veníamos de un pueblo recóndito y violento: Turbo. Mi familia era del Valle, si. Pero mi hermano, nuestra empleada Idelina y yo, eramos pueblerinos. Veníamos de correr descalzos por las calles; de jugar a las escondidas en campos de arroz; teníamos mucho más en común con esta gente que con los vecinos del 404, unos antropólogos, en medio de un barrió que se iba inundando de “gente rara”: lavaperros y traquetos. En ese bus, lo único que nos distinguía de los demás era el olor. La gente trabajadora generalmente huele a sudor, a vida vivida, a polvo; nosotros olíamos a shampoo para niños, los tres.

 

 

Para nosotros las salidas en bus con Idelina eran una aventura; para ella que tenía 14 o 15 años, eran una terrible fuente de tensión. Nosotros eramos su responsabilidad, ella nos dejaba en casa de algún amigo y volvía, no sé si a pie o en bus, hasta el apartamento. Idelina pensaba que nos íbamos a perder. Era su mayor temor, llegar a casa sin los niños o perdernos los tres en esa ciudad tan grande.

Una vez en que el bus iba lleno y no paró cuando timbramos entró en pánico, abrió a la fuerza la puerta y se cayó. El señor conductor hizo que todos los pasajeros se pasaran a otro bus y la llevó a que la revisaran. Era un buen hombre. No me imagino ese gesto de gentileza hoy en día.

Foto: Andrés Belalcázar

Foto: Andrés Belalcázar

0 0 2659 07 abril, 2013 En Portada, Fotografía, Reportaje Fotografico abril 7, 2013

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Comunicador Social de la Universidad del Valle.

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