La erotización del cuerpo viejo

La erotización del cuerpo viejo

Un trabajo de Catalina Ballesteros y Lina M. Sánchez C.

-Rasgos del erotismo dentro del discurso oral de hombres de la tercera edad-

Este texto es el resultado de un proceso corto de indagación en donde pretendimos analizar cómo se construye lo erótico a partir del discurso oral de algunos hombres de la tercera edad en un espacio de Cali, al cual se le contempla como de esparcimiento. Para ello hicimos tres visitas a La Plaza de Caicedo y conversamos con cinco hombres que van en las mañana al lugar.

Las manos sobre las piernas, las piernas sobre la silla, la espalda recta y la mirada en el vacío. Una banca por cada dos palmeras y tres viejos por cada banca. Es viernes, ya casi es medio día y todavía no se acaba la conversa. Llegan los pensionados, los que están por jubilarse, los viejos del rebusque. Parece que huyeran de la rutina de sus casas o de la soledad de sus habitaciones. Parece que le huyeran al silencio y llegaran a la plaza buscando oídos para hablar de cualquier tema a cualquiera que se acerque. Entonces el lugar se convierte el dispositivo para quejarse, opinar, criticar, piropear. En La Plaza de Caicedo todo está dado para los viejos que llegan a entretenerse: las mujeres trabajan para complacerlos; algunas enfermeras toman la presión, otras mujeres venden el chance, dulces, cigarrillos…Las señoras del tinto sirven un pocillo por cada viejo que llega. Es tiempo de ocio para los señores que terminaron de trabajar, para los de la ‘tercera edad’. Es tiempo de ocio para quienes ya no necesitan invertir el tiempo en el campo laboral.

Foto: Andrés Belalcázar

Foto: Andrés Belalcázar

A La Plaza llegan los viejos que cansados de la rutina de sus hogares, usan La Plaza para crear otra cotidianidad: una de la plácida tibieza, de la evasión a la angustia; una que entretenga el ojo y lo enceguezca. La nueva rutina evade los cuerpos y la carne, porque ya de viejo, eso no es importante. Aquí los viejos se entretienen con otros viejos que quieran conversar y con alguna señorita que además de vender el chance les pueda vender su vagina. Una mujer se pasea camuflada de vendedora, con un vestido de colorinches y con los zapatos ya gastados camina por La Plaza esperando cuál pensionado necesita de su oficio. Si algún viejo se decide, otro grita: ¡eh, viejo, vas con tu nieta ¿no? La Plaza se presta para que puedan satisfacer el instinto sexual aún cuando la sociedad los ha deserotizado. No obstante, acontece de manera camuflada y los comentarios que surgen a partir de ello, dejan ver la represión a la que se han sometido.

La Plaza entonces adquiere otro matiz; un color menos imprevisto. Ya no sólo se trata de conversaciones, y de dejar pasar el tiempo, sino de una dinámica que se teje bajo lo visible. Algunos dejan la mirada detenida en alguna jovencita o en alguna mujer despampanante que atraviesa el parque, mientras otros más arriesgados saludan y sonríen dándole paso a la conquista. El deseo cobra valor en ese espacio a través de la mirada. Luego vienen las prostitutas encubiertas y entonces el deseo cobra valor a través del dinero que pueda ser ofrecido. Allí los viejos no se sientan para dejar pasar el rato. Podemos ver que las prácticas sociales que allí acontecen, desde poder conversar con otros iguales, hasta poder tener una relación coital con alguna mujer, son formas de irrumpir la cotidianidad generada en sus hogares y de distraerse modificando un principio de realidad donde se les excluye en tanto ya no son productivos.

Foto: Andrés Belalcázar

Foto: Andrés Belalcázar

La conversación en La Plaza se convierte en una sublimación más para poder desviar los deseos derivados del goce sexual. Siguiendo lo que plantea Marcuse en Eros y Civilización, el aparato cultural del principio de actuación de éste lugar está regido por la contemplación, de los señores hacia las mujeres que pasan por allí, y por la diversión, cuando se establece la plática. Entendemos, entonces, en primer lugar, lo que acontece en ese espacio como una desviación del goce sexual a través de la contemplación y la conversación. En segundo lugar, entendemos que hay una desexualización del cuerpo en tanto hubo una instrumentalización de este para que cumpliera una función meramente productiva en el ámbito laboral, luego, como lo plantea Bataille en Historia del ojo, cuanto más lejos estemos de la obscenidad, más insípida será la entrega a ‘los placeres de la carne’. La Plaza como lugar de encuentro de señores que ya no necesitan usar su cuerpo es un claro ejemplo de lo que produce el trabajo enajenado en tanto existe un proceso de domesticación que genera una distancia entre lo erótico y la productividad. Las gentes honestas tienen los ojos castrados, plantea Bataille.

Entraremos entonces a describir y analizar las conversaciones que tuvimos con algunos de los señores que se sientan en La Plaza, partiendo de que nuestra participación como sujetos activos de la indagación, puede alterar o modificar los planteamientos que ellos tengan sobre el tema. En ese sentido, asumimos que las conversaciones están mediadas, sobre todo, por las diferencias generacionales, de clase, de nivel educativo y de género. Luego lo dicho por nuestros entrevistados, no corresponderá necesariamente a las consideraciones que ellos tengan sobre el erotismo, sino a lo que ellos crean que se les puede decir a dos mujeres jóvenes y universitarias. Las aproximaciones hacia el tema estarán reguladas, entonces, por las anteriores limitaciones.

Hemos querido en primera instancia, hacer una contextualización de  los momentos de los relatos1, para después transcribir los diálogos que consideramos más dicientes respecto a las temáticas que nos interesan. Posteriormente, pasaremos a relacionarlos (en similitud o diferencia) con lo planteado por los autores Herbert Marcuse y Sigmund Freud, con sus textos Eros y Civilización y El Malestar en La Cultura, respectivamente.

Foto: Andrés Belalcázar

Foto: Andrés Belalcázar

RELATO 1

Jorge. 60 años. Vive en la comuna 21, Decepaz

Nos acercamos a Jorge preguntándole si podemos compartir la banca. Él responde con amabilidad y soltura que sí. Empieza la charla de inmediato: primero hablamos  sobre quiénes somos y qué hacemos allí, si frecuentamos el lugar… él nos dice que está esperando a un amigo. Luego empezamos a preguntarle sobre su vida, y no tiene reparo en comentar. Jorge actualmente vive sólo y esta finiquitando su proceso de pensión. Nació en Tumaco y vive desde hace más de 20 años en Cali. Se ha desempeñado como portero en un hospital y como obrero en una fábrica. Ha tenido dos esposas: de la primera enviudó, y de la segunda se separó.

 

Lina y Catalina: ¿Y ahora está solo?

Jorge: sí, estoy solo.

L y C: ¿Ha vuelto a tener esposas o novias?

J: Amigas. Tengo amigas nada más, de vez en cuando.

L y C: ¿Tuvo hijos con sus esposas?

J: Sí. Dos y dos. Con cada una dos.

L y C: ¡antes no tuvo muchos!..

J: Sí, es que en ese tiempo no era tan vago uno. Ahora hay mucha vagancia.

L y C: ¿Por qué hay mucha vagancia ahora?

J: Porque hay más mujeres.

L y C: ¡Ja! ¿Cómo así? y ¿las mujeres distraemos o qué es lo que pasa? ¿Qué tiene que ver la vagancia con las mujeres?

J: Claro. Mire: cuando hay muchas mujeres y los padres son muy pobres, o no tienen trabajo, ellas se salen a la calle.

L y C: Ah, las mujeres se salen a la calle.

J: Claro, entonces se llenan de hijos, unos responden otros no responden…

L y C: Y ¿Usted respondió?

J: Claro, no ve que yo trabajaba. Era portero de un hospital.

L y C: ¿Su esposa qué hacía?

J: No, ella no hacía nada.  Yo trabajé luego 20 años en construcción.

L y C: ¿Y donde la conoció?

J: Allá en el pueblo.

L y C: ¿Le dio muy duro cuando se murió? ¿Estaba muy enamorado?

J: Claro, sí.

L y C: ¿Fue su primer amor?

J: El primer amor, porque estábamos casados. Las mujeres cuando es primera vez, que están niñas, y uno no sabe cómo…que hay que hacerles despacito, que les sale sangre, que no se qué…

L y C: ¿Cómo fue esa primera vez con su esposa, ella era virgen?

L y C: Claro, era virgen. Cuando se le rompió la tela le salió sangre, y ya, desvirgada quedó. Ella lloró. La mamá luego la curaba.

L y C: ¿Se casó con ella antes o después?

J: Después, claro, ahí lo hacen casar a uno. En ese tiempo usted se metía con alguien y lo hacían casar. Nos casamos a escondidas porque la mamá no quería.

L y C: ¿Y usted ha sido jodido con sus hijas?

J: No.

[Alguien lo interrumpe para saludarlo y él le ofrece viche, que es lo que vende actualmente.]

J: No, no…Mis hijas ya están grandes y tienen sus hijos. Ya cuando la mujer tiene sus tres hijos, es difícil…ellas están en unión libre.

L y C: ¿Se volvería a casar?

J: Si me consigo una buena mujer, sí…Ahora que me salga la pensión en octubre, claro. Después que sea una buena mujer.

L y C: ¿Y con la pensión es más fácil conseguirla o qué?

J: Pues no, porque yo ya tengo mis ingresos como para poderla mantener y todo. Yo la tendría que mantener, ya es más fácil porque ya tengo cómo mantenerla, cómo darle su ropa, su comida, sacarla a pasear, sus rones, sus whiskys.

L y C: Tenerla como una reina.

J: Sí, sí. Seguro. Las mujeres son muy lindas. Pero que no sea joven, que sea de la tercera edad.

L y C: ¿Y sus amigas de ahora son jóvenes o de la tercera edad?

J: Tengo como tres que son de la tercera edad y la otra es más joven, como 47 años. Porque no paga estar con una muchacha joven: que “sáqueme a bailar”, que “cómpreme esos zapatos”. Lo vuelven loco a uno, además le ponen mucho los cachos. Las jóvenes de amigas no más, pa’ vivir no, pa’ vivir no.

L y C: Y ¿con sus amigas de la tercera edad cómo le va? ¿Qué hacen?

J: Bien, salimos a motel. Pero por acá no [en el centro].

[Nos cuenta una noticia que escuchó en la radio, donde un hombre asesina a una prostituta en un motel. El hombre se rehusó a pagarle lo que le cobraba y ella le mostró un carnet que la ‘certificaba’ como portadora de SIDA. Jorge hace énfasis en que por eso no es bueno meterse con cualquier mujer. Dice que el 50% de mujeres en el valle tienen SIDA, porque los hombres son cochinos y ellas se acuestan con cualquiera.]

L y C: ¿Entonces usted conoce bien a sus amigas?

J: Claro, ellas son veteranas que son reservadas. Yo no uso condón porque me gusta con mujeres reservadas, que no anden con uno y otro. Yo no ando con cualquier mujer. La amiga que yo tengo si yo la veo con otro hombre, yo no las saco más, hasta ahí llegamos.

L y C: ¿Usted disfruta mucho con las mujeres entonces?

J: Sí pero que estén alentadas ¿no? que estén alentadas y aseadas. Que no anden con uno y otro. Con uno solo.

L y C: Pero usted tiene varias amigas.

J: Pero son mujeres que no tienen otro hombre.

L y C: Usted es el único novio de ellas, pero ellas no pueden tener más.

J: Sí, yo tengo varias, pero reservadas. Ellas no andan con uno y otro. Ellas se mueven. Yo tengo que tomar jugo de naranja con  huevo de codorniz, pero usted no vaya a tomar de eso. Es bueno para hacer el amor, se pone como un fosforito, es pura vitamina.

L y C: ¿Se lo toman los dos?

J: No. ¡Si se lo toma ella, me mata! Ellas saben que me lo tomo. Todas las mañanas me lo tomo. Vale $2.000 por mi barrio. Ustedes no pueden tomar de eso. Ustedes las jóvenes no. Me matan.

L y C: Yo creía que ustedes no se divertían. Como andan tan solos a ratos, pero vea, ¡salen!

J: Pues hay unos que están muy viejitos, y ya no. Hay viejitos que no se alimentan, que la familia los descuida. Uno tiene que alimentarse bien. Buenos jugos, buena leche, buena miel.

L y C: ¿Usted donde conoció a sus amigas?

J: En el barrio. Aquí hay mucha cualquiera. Esas son adivinas: cuando hacen el pago de pensiones, aquí las ve amontonadas. Y las contratan; ellos tienen sus celulares y las llaman. En vez de conseguirse una sola. Por eso se enferman y se mueren. Hay que cuidarse, tener amigas aseadas.

L y C: ¿Se meten sobretodo con los pensionados?

J: Claro, los que tienen platica. Ellos vienen acá a conseguirse sus hembras. A veces los mismos familiares los mandan al parque a que se consigan sus hembras, a que se desahoguen, que calmen las ganas.

L y C: Y ¿hoy viernes qué hace?

J: Le estoy echando ojo a un amigo y luego me voy para la casa. Yo cuando tengo pago es que llamo a mis amigas.

L y C: ¿Ellas le cobran?

J: A veces sí a veces no, pero a uno le da pena. Hay que darles que pa’l jabón como decía mi abuelo, pa’ que laven el calzón.

 

RELATO 2

 

Ferney y Vicente

Dos viejos en La Plaza de Caicedo: Ferney y Vicente, provenientes de los barrios El Jardín y La Loma de la Cruz, respectivamente.

[caption id="attachment_4466" align="alignright" width="177"]Foto: Andrés Belalcázar Foto: Andrés Belalcázar[/caption]

Nos sentamos junto a ellos en una banca de La Plaza. Empezamos a conversar sobre un policía que está echando a un vendedor del lugar. Ellos dicen que los vendedores y vendedoras tienen prohibido estar allí, pero que viven de eso: de vender tintos, embolar y vender dulces. “Ellos vienen de los barrios marginales”, dicen.  Les decimos que algunas de las vendedoras pueden venir no sólo a ofrecer dulces y tinto, y ellos concuerdan diciendo que pueden ser ladronas camufladas. Sugerimos que los policías podrían estar buscando prostitutas. Ellos se limitan a decir que sí, que es posible. Nos preguntan si somos de la ciudad y respondemos que no. Asumen, entonces, que venimos a visitar a la familia: “eso es importante”, opinan. No son de acá pero viven en Cali hace más de 50 años. Los dos viven con la familia; Ferney tiene un hijo. Vicente nunca tuvo hijos. Vienen todos los días desde hace 10 años a reunirse junto a otros amigos, porque trabajaron en la misma fábrica. La Plaza es su lugar de encuentro para conversar.

 

L y C: -¿No les dicen nada en la casa por venir acá todos los días?

Ferney y Vicente: Noo ¿por qué?

L y C: Pues como la esposas a veces se complican.

F y V: No, ellas están vea, amansaditas, tranquilitas. Además ellas también no se quedan en la casa, ellas también tienen sus grupos de la tercera edad. Sus amigas. Acá nos vemos varios compañeros, de los que trabajamos en Uniroyal.

L y C: ¿Y la vida cambia mucho cuando uno es pensionado?

F y V: Sí. Por ejemplo yo trabajé 35 años. Estaba acostumbrado. Ya cuando uno sale no vuelve a ver amigos…qué se va a quedar uno en la casa todo el día.

L y C: ¿Pero vive más tranquilo uno o no?

F y V: Pues cómo le dijera yo. Uno en la fábrica se encontraba gente para charlar siempre, uno estaba todo el tiempo en contacto con los compañeros y después salía a beber con ellos, y a ir al cine… Entonces uno mantiene acá por eso.

L y C: ¿Y no sale con su familia?

F y V: Sí pero como los sábados y los domingos a hacer compras. Como la rutina siempre es la misma, es normal, siempre es lo mismo, su papa su mamá…ya esto [salir a La Plaza] es diferente. Al medio día nos vamos.

L YC:  ¿Ustedes qué hacen después del medio día entonces?

F y V: Me agarro a leer, a ver tv, oír radio….así.

L y C: Dicen que algunas vendedoras son prostitutas.

F y V: Sí aquí hay bastantes. Cómo le diría; ellas son madres de familia, tienen dos, tres hijos. Qué más hacen. Les toca, vienen a eso, a ver qué llevan.

L y C: ¿Pero nadie está en desacuerdo con eso?

F y V: Pues como ellas no se meten con nadie. Vienen a lo que vienen. Aunque a veces los policías las sacan. Ellas se camuflan vendiendo chance, y es que con sacarlas de acá el problema no se soluciona. Lo que pasa es que hoy en día las hijas les exigen muchos gastos a las mamás, y las mamás les alcahuetean y les dan mucho permiso. Hay que agarrarlas, para que sean consideradas. Yo tengo dos sobrinas en la casa y les dije ”la que me resulte barrigona se tiene que ir”.  Ellas pueden tener hijos, pero en mi casa no. Yo nunca quise casarme, mi mujer no pudo tener hijos, pero por eso no la iba yo a rechazar.

[Hablamos sobre los costos de las universidades.]

L y C: ¿Sus esposas estudiaron?

F y V: No. En ese tiempo no estudiaba un hombre, menos una mujer.

L y C: ¿A qué edad se casó con ella?

F y V: Como a los 40.

L y C: ¿Pero si es mejor estar acompañado?

F y V: Pues, uno ve gente sola y es muy duro. Porque por ejemplo, a un amigo se le murió la señora y los hijos no responden por él ni están pendientes. Él es pensionado y pasa los días en una pieza. Tuvo que vender la casa.

[Los señores insisten en invitarnos a tomar algo. Nosotras aceptamos con algo de vergüenza. Estando en la fuente de sodas, nos dicen que ellos son gente honesta y que no tienen intenciones extrañas, pero que hay mucha gente que sí las tiene, y que debemos tener cuidado. Después de un rato nos despedimos. 

 

RELATO 3

Un vistazo final desde el andén

Nos sentamos junto a dos señores en un andén. Empezamos a hablar preguntándoles porqué había tantos policías en La Plaza. Ellos dicen que es porque están desalojando a los vendedores. Nos invitan un café. Buscan a una vendedora en especial para comprarlo, una que ya conocen y es limpia. Uno de los señores empieza a quejarse de la falta de educación y etiqueta que parecen tener las personas: “son cochinas, ordinarias. Los meseros en los restaurantes cogen los cubiertos mal”. Dice que es muy poca la gente que tiene educación. Los dos viven en la ciudad y frecuentan el lugar desde hace muchos años. No están pensionados y actualmente viven de la manutención de sus hijos y de ”hacer mandados y vueltas” en El Centro. Hacen énfasis en que Cali y La Plaza, eran distintas: ahora todo está lleno de gente grotesca y vulgar. Antes había muchos extranjeros con mucha cultura, gente bien vestida y aseada. Todo les parece haber cambiado debido a las razas; “ahora hay muchos negros” alegan.

 

L y C: ¿Verdad que aquí en La Plaza hay muchas prostitutas?

-Sí. Ese es el error de la mujer. El error es no estudiar. A las niñas se les dicen que estudien y no quieren, pero hay que hacerlas estudiar. Nada que mantener con los amiguitos y la platica. Pero eso depende de los papás y una buena educación.  No se puede descuidar a los hijos. A mis hijas yo les pregunto: “usted para dónde va, con quién, y por qué se va para allá”. Uno les está haciendo un bien. Que no cojan malos vicios, que se enganchen con peladitos. Uno para qué quiere una muchacha que no sepa nada, una mantenida, que le responda al marido, que sea grosera, que le tire el café, no. Es que tiene que ser educada. Muchas veces son más cordiales los animales, más obedientes. Eso es terrible cuando esas parejas que se faltan al respeto, que se ofenden, groseras.-

L y C: Pero seguro también hay hombres que vienen a buscar mujeres, ¿no?

– Claro, muchos.-

L y C: ¿Y ustedes no son amigos de ninguna?

-No, no, uno sabe con quien anda. Y no ¡uno pa’ eso nooo, ni amarrado! Además uno no tiene necesidad de decir nada, ellas mismas se arriman y le dicen a uno: ”vea camine”.

L y C: A mí me han dicho que cuando es época de pago vienen más.

– Sí claro, es que, todos estos viejitos vienen a ser como niños, se emboban cuando ven una muchacha de esas bonitas. Como a la 1 o 2 de la tarde se llena esto de señoritas, y ellos empiezan ”ay si que tan bonitas”. Esos son unos bobos, tontos, ¡cómo voy a decir yo eso con tantos años! Noo…Yo me pongo a analizar, le dicen a uno: “camine vámonos pa’ un motel”, “camine que no nos demoramos”, “que yo me bañé ahora”…Hay unos que si se van con ellas y se las llevan de gancho, y uno les dice: ”ahí va con la nieta, ¿no?”. Ahora ve uno muchachitas muy jóvenes, y las ve uno embarazadas a cada rato, y no les da pena andar así a cada rato.

L y C: ¿Siempre ha habido prostitutas?

-Toda la vida, toda. Antes de esto aquí había barrios donde era hombres y mujeres, en un barrio que hoy en día se llama Sucre. Eso era una sola calle de esas cosas.-

L y C: ¿Y sigue pasando eso allá?

– No, ahora hay más libertad, ahora pasa en cualquier parte. Hoy en día a estas horas hay hombres y mujeres haciendo cola…-

L y C: ¿En dónde?

[No responde.]

-Ahora  las mujeres se ponen con: ”Ay, yo quiero tener un hijo”. ¡Pa’ qué!, cómo va tener un parásito ahí que no lo pueden mantener. A malcriar.-

L y C: ¿Será que por eso muchas familias no funcionan?

– Y por trago, el trago también, uno mismo, culpa de uno, culpa mía…Pero todos me quieren, pero vivo solo. Se enojaron las dos esposas que tuve, me dejaron por eso. Yo llevo 15 años solo, en una pieza, mis hijos vienen y me visitan.-

L y C: ¿Desde que lo dejaron sus esposas no ha vuelto a tener novias?

-Pues, es que hoy en día hay mucha desconfianza de esas mujeres. Pero, todo eso se lo busca uno mismo. No crea. Cuando mis hijos se van y yo me quedo ahí…entonces uno por eso es que sale a distraerse.

L y C: ¿Le gustaría tener otra mujer?

-Pues yo tengo mis nietos. Me quieren. Pa’ qué más. Es que uno se casa se entrega, y luego que otra vez…a Jesucristo lo colgaron una vez, y a la segunda dijo ”ya no”. Ya queda muy duro.-

[Empezamos a hablar de los vicios: el café, el cigarrillo, el trago y las mujeres. “Es mejor estarse quieto”, dicen, aunque no descartan que en algún momento puedan volver a conseguir una mujer. No lo ven necesario porque sus hijos no dejan que les falte nada. Después, hacen una analogía entre las parejas y las mascotas: “los hombres y las mujeres se encuentra como se busca a una mascota” pero no siempre se elige. A veces también se es elegido, y en esta unión lo más importante es la educación. Es muy importante tener saberes para poder dialogar y aprender mutuamente, dicen.]

-Muchas de esas mujeres no son sino ropa. Lindas y bonitas, pero huecas. Va decirles uno algo,  ¡y no!…Esas del chance, no saben escribir si quiera. Luego se aprovechan de ellas, las tumban, y tras de eso las invitan a salir. Y esa sonrisa de los hombres, esa sonrisa se les quita en la cama.- [Llegan los hijos de uno de ellos a recogerlo. Los hijos están extrañados. Nos despedimos.]

 

En los relatos encontramos tres tipos de sujeto, o más bien, de aproximaciones tanto a lo erótico y sexual como a interpretaciones de la vida diaria, según las características particulares de los cinco hombres entrevistados. Queremos hacer énfasis en que se trata de concepciones sobre relaciones heterosexuales y que de ningún modo ellos entraron a opinar sobre la homosexualidad y sus derivaciones, salvo en el Relato 3, donde los entrevistados dejan entre dicho que los hombres en Sucre también se dedicaban a la prostitución.

 

Uno de los tipos de sujeto es Jorge, un hombre desinhibido. Tuvo soltura para hacer referencia a relatos de contenido sexual y comentar su vida erótica. En el segundo tipo están Vicente y Ferney quienes se mostraron más reservados. Se referían a concepciones críticas sobre la familia y narraban aspectos de su tiempo libre, siempre tratando de distanciarse de los temas con contenido sexual y erótico. En el tercer tipo están los personajes del Relato 3 quienes relacionaron la forma en que se asume la sexualidad, con la educación, la cultura y las costumbres erróneas o “poco desarrolladas” (refiriéndose a las personas “incivilizadas”). Podríamos sugerir, que han sido tres formas de vida distintas, por tanto de concepciones y construcciones sexuales diferentes: Jorge proviene de La Costa y practica algunas costumbres propias de allá como preparar viche y tomar bebidas afrodisiacas. Vicente y Ferney están pensionados, están casados, tuvieron el mismo trabajo durante su vida laboral e incluso podríamos decir que han estado rodeados de las mismas personas, siendo que en su tiempo libre frecuentan a sus compañeros de trabajo y comparten con su familia. Hay que agregar además, que les preguntamos si les gustaba viajar y nos respondieron que no les interesaba a “estar alturas de la vida”. Los dos últimos hombres no tienen una estabilidad laboral que les permita jubilarse, pero dicen estar tranquilos debido al soporte que tienen en sus familias. En sus hijos, sobretodo.

Aún así, hay aspectos que trazan estos tres relatos además de que todos usan La Plaza como lugar de encuentro y los cinco son hombres de la tercera edad: en todos hay una evocación al pasado como distinto en costumbres y dinámicas sociales. En sus discursos notamos una opinión peyorativa al referirse a la transformación de la sociedad. Reconocen un pasado más culto, más recatado y conservador, en comparación a un presente más permisivo, libre y libertino, e incluso, corrompido. Creemos pues, que sienten que se ha dado una soltura frente a épocas más represivas pero en ocasiones, correctas.

Podríamos decir que reconocen (desde miradas que apuntan hacia tradiciones más conservadoras, por supuesto) que ha habido un proceso de erotización de la sociedad en los últimos siglos,  mencionado por Marcuse, el cual es puesto en relación, de manera crítica, con las formas de vivir lo erótico de antaño (lo cual tiene que ver con los cambios  que han ocurrido en el contexto local en el último siglo, como la transformación de las dinámicas sociales en los lugares públicos como La Plaza, la vinculación de las mujeres en el mundo laboral y educativo; pero que además están cerca de imaginarios colectivos como todo pasado fue mejor). A su vez, hacen parte de ese nuevo orden libidinal autosublimado en el cual lo erótico y su disfrute han sido puestos en dimensiones de la vida colectiva. Estas salidas a La Plaza que ellos mismos reconocen como ”distracciones” hacen parte del instinto social  por medio del cual obtienen satisfacciones externas a la genitalidad, pero eróticas en tanto la sublimación permite el disfrute de lo colectivo y de lo compartido con otros. Entendemos entonces que la visita a La Plaza no obedece sólo a una rutina, sino a la necesidad de, a través de la conversación, disfrutar el tiempo libre, luego correspondería a una sublimación del orden libidinal.

La obtención de placer sexual genital en estos sujetos se encuentra disminuida y mediada a causa de la representación que hacemos sobre ellos y de su auto-representación. Es decir, inscriben y asumen como parte de ellos las ideas que se han instaurado socialmente sobre su condición de vejez: un desgastamiento en capacidades físicas e intelectuales que los hace vulnerables y menos valorados a ojos del sexo opuesto y del campo productivo. En los testimonios no es difícil encontrar opiniones en las cuales nos dicen que en su condición hay muchas cosas que parecen ya no merecer,  alcanzar o que valga la pena realizar.

Reconocemos en sus discursos, según lo anterior, algunas posibles certezas con respecto a la construcción y vivencia de lo erótico. En primer lugar, parecen tener interiorizado que su acceso al sexo está mediado por el dinero (por ejemplo, cuando Jorge nos dice que cuando tiene dinero llama a sus amigas). En segundo lugar, aunque los entrevistados no hacen uso de los servicios de las prostitutas, al referirse al tema generan una autoimagen en donde se reconocen como potencialmente deseables cuando adquieren dinero para pagar una prostituta. En tercer lugar, son abanderados de una moralidad antiséptica, y ven con prejuicio tanto a las prostitutas como a quienes las buscan (en el caso de los hombres entrevistados en el Relato 1 y 3, cuando insisten en la higiene de las prostitutas). En cuarto lugar, no aceptan la promiscuidad y las prácticas sexuales como centro de las actividades de la vida diaria, por tanto generan una distancia entre lo sexual, lo social y lo productivo; así, destacan por encima de estos aspectos, la educación y una formación laboral que distraiga a las personas del goce sexual. Por último, insisten en la concepción de una familia regida por valores tradicionales.

En términos de Freud estos sujetos estarían en una suerte de armonía hipócrita a través de una economía libidinal: en ellos opera el malestar de la cultura en tanto están convencidos de que los actos sexuales no deben estar contemplados desde el desenfreno, y se sienten cómodos en medio de las actividades de distracción que desempeñan, pero a la vez piensan que han perdido cualidades y potencialidades eróticas: en el relato 3 por ejemplo, vemos cómo los entrevistados cuestionan a los clientes que piropean a las prostitutas porque: “¡cómo voy a decir yo eso con tantos años!”. Lo que prepondera en el ejemplo anterior, es una negación de la posibilidad de erotizar y de conquistar, ligada al estigma social correspondiente a la edad.

Aunque en los relatos se puede nota una postura crítica frente a los servicios que prestan las prostitutas, notamos que los entrevistados no terminan de invalidar las vías que buscan los hombres de la “tercera edad” para tener una relación coital, pues en gran medida, son consecuencia de las concepciones que socialmente hemos construido sobre ellos, en donde se les deserotiza e inutiliza. A su vez, aceptan que esto pase en La Plaza ya que no se trata sólo de la repercusión en torno a lo erótico, siendo que las mujeres que ofrecen estos servicios necesitan subsistir y atender las necesidades de una familia. A este tema, ligan el problema de la educación y la falta de ofertas laborales a las que ellas puedan acceder. En un momento de la conversación, Ferney y Vicente nos dicen que estaban contratando barrenderas para La Plaza y opinan que debieron haber contratado a las prostitutas del lugar. Así, el universo del que se nutre el principio de realidad al que ellos hacen parte en ese lugar, se vuelve más complejo en tanto las actividades que censuran, son también avaladas a causa de las circunstancias en las que se encuentran las prostitutas.

Unas de las concepciones trazadas en los discursos de los cinco hombres son las correspondientes a las instituciones de la familia y el trabajo. Podríamos decir que existe una interiorización y una aceptación inconsciente de la represión que estas instituciones ejercen sobre la construcción de ellos como sujetos sexuales. Luego, la constitución como sujetos es fragmentada en tanto son productivos en el ámbito laboral, responsables en el ámbito familiar y conservadores en el ámbito sexual. Se trata entonces de identidades fragmentadas y cristalizadas en donde se establece una distancia entre las instituciones y el ejercicio sexual y erótico. Aquí la construcción de una cultural a partir de una sexualidad polimorfa, como lo plantea Marcuse, en donde el trabajo no sólo sea socialmente útil sino que obedezca a “la transparente satisfacción de una necesidad individual” (auto-realización del sujeto) no tiene cabida en tanto se trata de un principio de realidad restringido gobernado por las concepciones tradicionales sobre las instituciones familiares y laborales.

A su vez, no sólo defienden las instituciones, también aprueban que éstas medien y regulen la vida en sociedad, sobre todo por los jóvenes a los que “se debe guiar cada vez más con rigurosidad”. Lo que se teje bajo el discurso de ellos es que dichas instituciones logran exorcizar malos hábitos y por tanto, su mal funcionamiento hace que existan prostitutas, las que además son vistas como mujeres que no han estudiado, han tenido muchos hijos, y no tienen más cómo sobrevivir. Cabe además, ampliar la perspectiva que tienen sobre las mujeres la cual es mediada por la relación sujeto/objeto en tanto todos reconocen la importancia de ellas en la conformación de núcleos maritales, pero en calidad de sujetos que están o deberían estar al servicio de ellos. Del mismo modo, se traza en sus discursos la necesidad de tener dinero para poder “mantenerlas bien”, lo cual es símbolo de una sociedad patriarcal en donde la mujer se desempeña en la relación como un objeto, (la metáfora de la rosa que debemos cuidar y mantener bonita), o un sujeto instrumentalizado (la mujer al servicio del hombre).

Creemos que la realización de la vida por fuera del erotismo les es imprescindible, en tanto al verse a sí mismos en la vejez, se sienten alejados de esta dimensión propia de los cuerpos jóvenes, y parecerían resignados a ello frente a nuestra presencia. No obstante, podríamos decir que se sienten atraídos hacia dicha dimensión en tanto nos invitan un tinto, o a la fuente de sodas y logramos establecer una conversación ligada al disfrute del tiempo libre, lo cual, como lo mencionamos anteriormente, se convierte en una auto-sublimación del goce sexual.

El tiempo que pasan en La Plaza lo reconocen como distinto al que pasan en su casa con sus esposas –en el caso de los que tienen-. Es un espacio de ocio que se diferencia del ocio que podrían tener en su hogar, en tanto el valor del primero radica en el desarrollo de la conversación y del encuentro con otros pares. Su salida a La Plaza se ha convertido en la actividad extra familiar que antes era el trabajo, e intentan seguir entremezclando estas esferas aún más cuando aprovechan sus idas al Centro para conseguir dinero por medio de mandados. Una vez llegada a la edad en la que dejan de ser contratables laboralmente en entidades fijas, han instaurado otra rutina en este lugar, en la que su cuerpo es aceptado en una condición disminuida: el cuerpo para hablar. Su quietud es aceptada y reafirmada por otros. Para algunos de ellos, como Ferney y Vicente, quienes son un claro ejemplo de lo que logra hacer el trabajo enajenado, la vitalidad se ha ido y con ella la posibilidad de ser mirados desde el deseo sexual.

Podemos decir que su asistencia a este lugar les amplía las posibilidades de ver y ser vistos, sobre todo, por otros iguales y de mantenerse activos dentro y fuera de lo erótico. La Plaza de Caicedo se convierte así en un oasis en primera instancia, construido a partir de actividades que reemplazan la vida que tenían antes (de la cual ellos mismos hacen la distinción, cuando se refieren a las actividades ligadas al trabajo): de dejar la vida laboral pasan a sentirse productivos con otros pares y en otros espacios a través de la conversación; y en segunda instancia, en el que el erotismo aparece en dos etapas: la construcción como sujetos sexuales cuando eran jóvenes y la transformación de esa construcción a la luz de su condición, en el ámbito de una sociedad represora y que estigmatiza a las personas de la “tercera edad”, y de las concepciones propias creadas sobre la vida y el goce sexual2.

Percibimos en ellos una doble moral que, creemos, surge de la resignación que sienten frente a la derrota ligada a la edad, en donde la práctica de los placeres corporales queda mediada según una relación mercantil en donde la posibilidad de la conquista está ligada a la adquisición de dinero. Como vemos, aunque ninguno de los cinco hombres entrevistados dice haber solicitado los servicios de las prostitutas, podríamos plantear que sí existe una lógica económica que entra a mediar las relaciones con el sexo opuesto: Jorge, como hemos dicho anteriormente, sólo llama a sus amigas cuando tiene dinero. Ferney y Vicente, fueron los únicos que trabajaron en sus hogares para mantener a sus esposas y al querer invitarnos a la fuente de sodas, reafirman nuestra hipótesis. Los hombres del Relato 3 también nos invitan a tomar tinto. Vemos entonces cómo reducen la posibilidad de la conquista y del disfrute con el sexo opuesto en una invitación mediada por el dinero.

Volviendo al principio de realidad construido en La Plaza, vemos cómo este empieza a ser mediado por factores más represivos cuanto más nos referimos a las tradiciones de antaño, cuanto más está distanciado el cuerpo útil para la sociedad, de la capacidad erótica del cuerpo, y cuanto más inconsciente se es del estigma sobre la vejez y las actividades que deben y no realizar los viejos. Aún cuando en La Plaza se permita que las prostitutas busquen clientes pensionados, lo que podría convertir al espacio en un oasis que, en su calidad, estaría permitiendo otro tipo de normas y de comportamientos ligados al goce sexual, los valores patriarcales han sido tan naturalizados y las instituciones de la familia y el trabajo tan avaladas, que se termina instaurando una sutil censura mediada, como ya lo hemos dicho, por una suerte de doble moral. Luego su felicidad es episódica no en tanto podría desarrollarse en un espacio explícitamente sexual, si no en tanto erotizan su cotidianidad en medio del debate moral que les implican los encuentros sexuales continuos.

A partir de esta indagación hemos querido poner en diálogo el concepto de economía libidinal, trazado por Freud, y de trabajo enajenado, por Marcuse -cada uno con las derivaciones respectivas-, con un espacio concreto de Cali y específicamente con los rasgos surgidos de las conversaciones sobre la relación de los entrevistados con lo erótico y sexual. Hemos sugerido que el primer concepto se conecta con los señores de La Plaza, en tanto existe una compensación (la conversación) regida por un proceso cultural que la determina (las transformaciones de las actividades ligadas a lo que significa socialmente jubilarse y entrar en la tercera edad) y cuya determinación está regulada por agentes como el trabajo y la familia, entendiendo que ambos son necesarios para la génesis de los fundamentos de la cultura. Luego, nos referimos a la enajenación del trabajo en tanto notamos en los relatos, sobre todo en los de Ferney y Vicente, que hay una “pérdida de la libertad instintiva e intelectual” cuando se refieren a una vida rutinaria, cuyo valor radica en cumplir con unas obligaciones. En ese sentido, entendemos que aunque la cotidianidad ligada a La Plaza puede llegar a la sublimación, ésta no logra quebrar necesariamente los límites de la represión, luego es una reafirmación de un principio de realidad agresivo en tanto obedece a las instituciones mencionadas anteriormente, genera un juego moralista y termina situando lo sexual en un plano censurable y prejuicioso, pero a la vez pretende erotizar la cotidianidad por medio del disfrute colectivo de la charla.

0 0 2663 31 mayo, 2012 Articulos, Reportajes, Textos mayo 31, 2012

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