La visita
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La visita

La tarde rodeaba su rostro y una pequeña silueta le ponía flores en la cara. Su ojo derecho veía entre bosques, pero el izquierdo, agotaría la fantasía al encontrarse libre de obstáculos: No era su primera vez.

Aunque las siluetas, hace 8 años, no le hacían flores sino multitudes y cien pies que al dividirlos por dos, eran cincuenta pasos. A los 13 años de vida no se hacen divisiones. La realidad se multiplica por el tamaño del cuerpo, y con el nivel de aceleración al que viajan los pensamientos, no los detienen los peajes sociales.

Su madre estaba al lado, girando el volante: 360, 180, 120, 50, 30, grados. Ya casi llegamos. Pero ella no lo sabía. Difícilmente se puede reconocer un lugar cuando sus particularidades se anulan. Izquierda, derecha: verde que ha crecido en varios hombres que ya no saben vivir. No tienen cuerpo para ser metáfora y ser vistos o entendidos.

Sofía llevaba en las manos claveles rojos, pinos y un corcho verde que recoge el llanto de las flores, antes de que estas partan a sus otras vidas sepias, secas, donde el agua ya no les sacia. ¿Qué saciara, después de muertas, las flores? Sofía siempre guardaba esas preguntas, que solo pueden responderse cuando las neuronas aumentan su sinapsis y comienzan a suicidarse unas con otras o cuando quiere rebelarse contra la desmitificación del mundo.

interrumpió la vista del parabrisas de su madre. Yo creo que es por aquí. Desde la entrada al “parque” no creía que era por ahí, ella tenía la certeza. Había estado recogiendo los sollozos que dejó su alma la tarde de Agosto. Jugaba al escondite con los recuerdos. Ellos le daban tiempos de diez segundos para que encontrara donde esconder el sudor de sus ojos, el llanto solidario de esas gentes, sus pasos atortolados, las gafas negras, los coros fúnebres gospel y las últimas gotas de agua que han de bañar… Ya regresaron otra vez. Me dieron diez segundos y se comieron uno. Comencemos: ¿Y las flores son para? Crear otro pulmón en el mundo. Pero ¿Por qué claveles rojos y no palmas africanas? Los claveles rojos tienen la capacidad de reproducirse como cucarachas sobre la tierra. ¡Mentira! Otra vez: Son claveles rojos porque las palmas africanas despiertan a los muertos y los claveles le susurran los cantos de las nereidas, elevándoles el sueño. Y yo no quiero que despierte, aunque mi madre en sus giros al volante, parece que esperara darle las flores en las manos y no le hicieran raíces en su pecho.

Ella jugaba al escondite, pero su madre estaba a la espera de abrir la boca y ahogarla en sustratos de la memoria, invocando el eterno regreso: eterno grato regreso.

Sofía no creía en los regresos, creía en las partidas y siempre esperaba una. Hoy no habían partidas para ella, como dice en algunas mañanas cuando despierta con transeúntes en la garganta: no hay partida, si no hay llegada. Esa tarde nunca ocurrió, ¿Cómo fijarla en el tiempo, cuando se abren los ojos y se continúa en el tiempo que fue, pero sobre todo, en el que será? ¿Hay acontecimiento que sobreviva?.

¡Me encontraron!, ¡Ya sabía que lo iban a hacer!, pero ¿Qué más da? Se arriesga todo cuando se pierde nada. ¿Qué puedo perder? ¿La cabeza? ya ni la recuerdo. ¿La vida? ¡Me dejó desvariando en si vivo o sigo pensando que he venido a adormecer este lugar! Vida no hay, aunque pensándolo bien, la vida me lleva en abundancia. Mi capacidad de recreacion sicótica supera el número de nacimientos en esos sectores donde los desinhibe los “decesos de luz”.

No pensaba que fuera él, el que no duerme y no despierta, ese que recibe las flores acostado. No entiendo esa manía del mundo de poner imágenes en portarretratos que solo caben en un arenero de madera de 4 por 4 y eso que algunos para agrandar la ficción, las cuelgan en los baños, en el espejo del carro, se las tatúan. Finalmente, algunos de esos terminan derritiéndolas y no queda mas que los químicos holgazanes que juntaron un montón de puntos para hacer una cara desbocada en una sonrisa o al niño calabaza que posa junto a su padre que ya no está. Otros como yo se las tragan, eso si… No he llegado a defecar la primera, aquí no se puede escapar.

Llegamos Sofía.

El carro se detuvo al lado de una manguera. Sofía sonrió a su madre y se precipitó por la puerta, como quien ha llegado a tierra. Llena la botella, tu padre debe estar deshidratado. Cuando yo muera espero que nos tengas a los dos en un sumidero.

Llenó la botella hasta al borde, aunque sabía que debía regresar por más. Sus pies chocaban uno con el otro mientras buscaba a quien regar. 1991, 95, 98, 200… ¡Mamá creo que se comió un tres, te dije que no debíamos regarlo tanto! ¿Tienes la grabadora? Sí y el CD. No le pongas los claveles en la cabeza. “Como si necesitara ver…” pensó Sofía. ¿Detrás de las orejas? ¡Sofía!… ¡Está bien, se las deshojaré en la barriga! ¿Y el corcho? Déjalo por ahí.

Willie Colon empezó a trotar en la grabadora …

“ no se puede negar algo palpado por mas etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero, el único gesto es creer o no, otras veces hasta creer llorando..”

Hoy es día de salsa. Él no bailaba y bueno, ahora menos, pero silbaba y musitaba cuando paseábamos en la montaña buscando un refrigerador que nos tapara del calor, escuchando “sweet dreams”. Creo que nunca entendió lo que Manson o Eurythmics quería decir con eso. Su inglés era algo perturbante, tal vez le gustaba el fondo de la canción, los latigazos, a mi también me gustaban. Cuando sonaba ponía los ojos en la ventana, lo miraba de reojo por el retrovisor para ver él cómo hacía y le imitaba con un movimiento de cabeza muy particular, casi sensual.

“Oh, qué será, qué será ,que anda suspirando por las alcobas, que se oye susurrando en versos de trova,que anda combinándonos preguntas locas…”.

Nunca me sacó a bailar, aunque nosotros conocíamos otras cositas para sintonizarnos el cuerpo. Recuerdo nuestra primera vez que también fue mi primera vez, yo no sabia en donde entraba la cosa que le colgaba , a penas sabia su nombre y así lo mire con ojos atónitos y abrí las piernas hasta que mis nalgas quedaran totalmente juntas. Pensé que en algún lugar entre las piernas debía entrar. Mi mamà nunca me habló al respecto, decía “mamita usted solo apague la luz que ellos saben como va eso”… dolió un poco, pero como dicen por ahí,el amor soporta y espera todo… le espere desde el dia en que nos conocimos en las tres cruces y me dijo que le gustaban las viuditas, pero me dejo en negro y yo pensé que lo decía por mi vestido. ¿Será que el amor no termina? ¿o me condenaron a este amor?, me enterró con él y por eso cada vez que viene el amor a visitarme yo le pido que solo me deje las flores.

Ellas estaban en trance. El trance siempre les llegaba con la canción, como si las letras fueran esos escalones para llegar al cielo y cumplir con la visita mensual al amado. Allá se quedaban los cinco minutos que duraba la grabadora encendida. A los seis, bajaban y se miraban, queriendo decirse que ya lo habían visto.

Miré a mi madre con lagunas en los ojos y prendí de nuevo la grabadora:

“Oh, qué será, qué será que ningún aviso podrá evitar,que tampoco los presos puedan desafiar,

que todos los caminos tendrán que cruzar…y el mismo Padre eterno que nunca fue alla,al hombre nuevamente lo bendecirán apagando al infierno su llama final,

porque no tiene caso volver a rodar por la falta de juicio”.

Puede que todo esto sea al final la bendición divina que nos salva de vivir como dice Willie, pero yo prefiero la maldición de estar aquí y creo que el querría lo mismo. No había momento en el que no estuviéramos de acuerdo.

Ahora entiendo: nací para que mamá no te olvidara y darte la ilusión de elegir entre la vida y la muerte… pero en mi cuerpo. Qué cosa esa … tus deseos de infalibilidad y los míos; La diferencia está en que la tuya no existe. Yo debo inventarla para regresar cada mes a esconderme de vos y salir después de varios minutos porque nadie fue a buscarme.

Entraron al carro, esta vez Sofía llevo el volante y hubo silencio.

 

0 0 1787 29 febrero, 2012 Cuento, Ficción, Textos febrero 29, 2012

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