Los bolsillos no se llenan con estrellas
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Los bolsillos no se llenan con estrellas

Alejandra Sánchez Gaviria. Diseñadora gráfica e ilustradora. Correo: alejandraright@gmail.com 

 

Mariana saltaba en un sólo pie a un lado del canal con una cajita entre sus manos. El sol de la tarde se chocaba en las paredes húmedas del callejón, y se reflejaba de vuelta en sus ojos. El callejón separaba la casa de su familia y la de doña Antonia. Lo atravesaba un canal que seguramente había sido un riachuelo antes de la invasión de las fábricas. Era tan estrecho que sólo podía pasar una persona de frente y el sol lo atravesaba de medio lado.

La niña creía con certeza que era un espacio mágico. Había notado la forma en la que el sol de la tarde se refugiaba en la lama que se expandía por las paredes, y si se paraba en una posición especial y se quedaba muy quieta, los rayos del sol hacían que el agua se cargara de colores. Sin embargo, no había podido lograr que Juanito Herrera también lo notara. Él le decía que el agua no podía verse de colores porque era “trans-pa-ren-te” -así le había enseñado su hermano mayor que se le decía a las cosas sin color-. Juanito solía coger duro a Mariana de la mano y arrastrarla corriendo hasta el final del callejón que daba a la calle que los llevaba hasta el río.

Y es que el barrio no sólo tenía un callejón inaudito en medio de dos casas, y estaba invadido de fábricas que aparecían de la nada y se incrustaban en la vida de la gente, sino que además estaba delimitado por un río que lo alejaba del resto de la ciudad. Todos tenían algo que ver con el río o con las fábricas; también el joven poeta de la casa blanca de la esquina. A él le gustaba ver desde su ventana cómo la niña bajaba corriendo los dos pisos de su casa, con los moños mal puestos, y se iba con Juanito Herrera, mientras los gritos chillones de su madre se perdían junto con los niños por el callejón.

Un día Mariana se había parado en el antejardín, frente a su ventana, y se lo había quedado mirando por largo rato, mientras él escribía. Lo saludó con las cejas y él le devolvió el saludo con una mueca. A ella le dio risa y le preguntó qué estaba haciendo. Al poeta se le ocurrió responderle que estaba inventando ciudades. Ella le dijo que eso era “maravilloso” y le preguntó si sabía qué construían en las fábricas, señalando con su dedo pequeño a los dinosaurios humeantes que resoplaban a lo lejos como si estuviesen soñando un sueño infinito. Son fábricas de polvo, le respondió el poeta. Ahí se elabora todo el polvo del mundo que luego se distribuye por los distintos lugares de la tierra. Una gran cantidad de polvo era llevado a una ciudad en un país cercano, donde todo estaba hecho de arenas muertas. El problema era que el viento lo desvanecía y entonces había que llevar más y más de tanto en tanto. Ella se quedó pensativa con sus grandes ojos negros, imaginándose gente de polvo o arena. Sus pestañas se quedaron congeladas y su cabello luchaba por liberarse de una cola de caballo.

Doña Leonor nunca había podido lograr que su hija se dejara peinar. Los moños y las pinzas siempre estaban a las orillas, agarrándose de los pensamientos de la niña, para no caer al vacío. A Mariana le importaba muy poco todo este asunto del cabello. Prefería estar saltando por ahí, con Juanito y Daniel, su primo mayor, a quien quería mucho, porque le enseñaba a dibujar y la defendía de los empujones de Juanito.   Pero aquella tarde a su primo lo tenían· prisionero en el segundo piso, abrumado por la inexactitud de los números. Nunca sabía qué esperar de ellos.

Doña Leonor le había prohibido a Mariana ir más allá del callejón, porque Daniel no podría cuidarla. Sin embargo, esa tarde más que nunca, ella debía salir y llegar al río. Por eso permitió que su mamá le hiciera las dos moñitas perfectas y se dejó poner las pinzas sin chistar. Así no estaría persiguiéndola por toda la casa.

El joven poeta la vio desde su ventana, bajar sigilosa los dos pisos con una cajita de madera en sus manos. Se preguntó a dónde iría con los ojos alborotados. Se acordó de las fábricas de polvo que había inventado para ella y se le ocurrió escribir esa historia. Trataría de un abuelo y su nieta que se sientan por las tardes en la playa, a ver las olas de polvo. El cielo también es gris, al igual que el abuelo, pero la niña traería un saco rojo.

A Mariana el callejón nunca le había parecido tan largo, sabía que debía llegar rápido al otro lado, pero le fue imposible evitar entretenerse con los colores que el sol le daba al agua y con las lagartijas que la miraban desde las paredes. Saltando en un solo pie, llegó al final del callejón y se encontró de frente con la otra calle. Unos niños jugaban rayuela. Quiso seguir de largo, pero no pudo escapar al sonido del tejo. Brincó con la cajita en las manos hasta llegar sin caerse ni tocar raya, al cielo.

Estuvo jugando un rato y cuando el tejo cayó en el número siete, se acordó de nuevo de Juanito Herrera.   Él la vio llegar con sus dos colas perfectas y al principio no la reconoció. A Juanito Herrera le gustaba jugar con Mariana porque nunca se preocupaba por si se le caían los moños o si se ensuciaba los vestidos. Además podía hablarle mucho tiempo mientras lo miraba fijo a los ojos, sin mover sus pestañas, como si estuviera realmente sorprendida. Ellos eran primos lejanos. Él había intentado explicarle por qué, pero Mariana todavía no sabía nada de lejanías, tampoco le interesaba. Para ella no podían ser más unidos.

Cuando lloraba, porque extrañaba a su abuela Ana, él la abraza y le decía que todo iba a estar bien; cuando se le escapó su perrita Lola, él estuvo toda la tarde ayudándola a buscarla. Le decía que seguro Lola se había encontrado un súper tesoro y estaba pasándola de lo lindo en un lugar donde los perros no tenían que hacerle caso a nadie.   Apenas la tuvo cerca le arrebató la caja de las manos. Ese era el precio que debía pagar si quería que Juanito Herrera le mostrara las estrellas. Ella no le había creído al principio, pero él terminó convenciéndola de que en algún lugar del río, un hombre tenía guardadas en una caseta de esterilla, miles y miles de estrellas fugaces de muchos colores. Esperaron a que llegara la noche y como muchas otras, Juanito intentó mostrarle a Mariana las figuras que los astros formaban en el cielo. Pero ella nunca vio una osa, a un guerrero o a un escorpión; prefería dibujar en el cielo sus propios paisajes. Dónde él le decía que había un cinturón, ella vio una ballena triste porque se había despertado muy lejos del océano. Juanito se enojaba, pero esa noche le tuvo paciencia; por fin verían las estrellas tan de cerca que quizá podrían tocarlas. El hombre le dijo que con un fósforo podría tener toda una constelación para él sólo … bueno, y para Mariana también.

Mientras tanto, el barrio de las fábricas se sumía en el caos. Doña Leonor y su prima Antonia -la mamá de Juanito- se deshacían en gritos por las calles. Todos buscaban a los niños. Los vecinos preguntaban por todos los rincones, sin encontrarlos. Doña Rocío recordaba haberla visto preciosa, con dos colitas reposando delicadamente en cada uno de sus hombros. Llegaron al río que solo podía oírse a esa hora, se lo tragaba lo oscuro. Hasta las luciérnagas parecían haberse escondido. De repente se oyó una explosión y el cielo se cubrió de luces. La admiración se apoderó del lugar. Los niños saltaban y gritaban felices. Nunca olvidarían la noche en que una ráfaga de figuras luminosas se posó sobre sus cabezas y abrazó al cielo con colores.

El joven poeta fue quien primero los vio. Llegó justo a tiempo para apagar una manga del vestido de Mariana que comenzaba a encenderse en llamas. Ella no parecía asustada. Mientras la llevaba cargada de un brazo y cogía con su otra mano a Juanito Herrera, la pequeña le contaba al oído cómo una estrellita azul se le había escapado de las manos. Las estrellas fugaces no se pueden meter en los bolsillos, le decía. Juanito Herrera, callado y preocupado, jamás se imaginó que las estrellas fueran tan calientes, porque allá a lo lejos, siempre le había parecido que estaban hechas de hielo o de nieve. También pensó, absorto en medio de la romería y de las lágrimas de su madre, que de todas formas nadie podría ser tan rápido en el mundo como para pedir tantos deseos sin quedarse ciego.

1 0 2022 23 diciembre, 2012 Cuento, Textos diciembre 23, 2012

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