Muerte en los caminos
Posted by

Muerte en los caminos

Fotografia y texto por Raquel Hernandez

Cuando era pequeña, mi familia solía viajar frecuentemente por carretera, breves aventuras que se volvieron en mi cabeza guías amarillas escurriéndose en el asfalto hacia los recuerdos de los momentos más felices de mi corta vida infantil. En los trayectos, durante algunas horas, horas muertas, donde se guardaba silencio desde el asiento delantero, y se postergaba en mi cabeza mareada, babeada y pegada contra la ventana, intermitentemente escuchando la distorsión de la radio acompañada de un murmullo que iba y venía, que era el canto tímido de mi madre “el manisero llegó, esta noche no voy a poder dormir, sin comerme un cucurucho de maní”, en esas horas, inventé un juego para distraer mi cabeza, y evitar expulsiones violentas de mi cuerpo por la ventana, tan comunes para mí en esos años.

El juego consistía en hallar desesperadamente las cruces que se disponían casi armónicamente a los lados de la carretera, me parecía fascinante poder construir en mi cabeza casi fatídicamente, quiénes eran estas personas, cómo fue que murieron, quiénes colocaron las cruces, incluso detalles demográficos como nombres, fechas de nacimiento y muerte, o simplemente evaluar el estado de la cruz, si ya estaba envejecida, deteriorada por una cubierta de musgo, o si la habían colocado recientemente. Puede resultar extraño que una niña se enternezca ante tal panorama, pero hay una especie de niños a quienes la muerte no se la tienen que explicar, yo era parte de esos niños, la extinción de la vida, el fin, resultaba tan natural como ahogarse al correr.

En una época pensaba, que los cuerpos se descomponían a los lados de las carreteras. Para mí era asombroso, después mi madre me desilusionó sin querer hacerlo, explicándome que no era así, que para eso estaban los cementerios, entonces cada vez que pasábamos por uno en el camino, me mostraba esos cementerios terroríficos que se asoman en las puntas de los pueblos, era feliz, también me maravillaban. Ella decía que tenía que hacerme la bendición de la cruz sobre el rostro y el pecho, para mostrar veneración, la verdad desde ese entonces me sentía ridícula, además con los años al estudiar en un claustro de monjas, reconsideré las creencias de mis padres, termine creyendo en poco o casi nada. En fin, resultaba una tarea agotadora hacer la señal de la cruz cada vez que veía una cruz en el camino. Así que decidí hacerme la loca con eso, y seguir con lo importante, con mi tarea escrupulosa de observarlas e imaginar sus historias. Para mí la cruz no era una señal de cristianismo, era una huella de la memoria de otros.

Aunque la historia es otra, esta costumbre data desde la época de la Colonia, según algunas referencias leídas y deformadas por mí. estas cruces se colocaban donde alguien moría trágicamente, siendo una manera de adoctrinar, usada por los españoles al inculcar el catolicismo, simbolizando el descanso del alma de los infortunados accidentados. Para muchos latinoamericanos, esta representación espacial se convirtió no sólo en el lugar “donde dio su último suspiro”, sino que captura un poco de la vida de estos seres queridos, declarándolo un escenario para realizar rituales póstumos, que lo cargan de lo sagrado, y volverlo así un lugar de peregrinación, logrando “los vivos” sentirse más cerca de lo perdido, del otro que se ha vuelto invisible. Dentro de las tradiciones populares de nuestros países, estos escenarios servían para permitir que el alma de los muertos descansará en paz, y no anduviera penando, persiguiendo a quienes dejó atrás. Estas cruces se colocaban para conmemorar las almas, y no los cuerpos como se hace en los cementerios, este tipo de ritual funerario postergaba esa dualidad entre alma/cuerpo, tan arraigada en el pensamiento de los latinos, que aún le dan credibilidad sobreevaluada a la existencia del alma.

Pasaron los años, nuestros viajes por carretera disminuyeron, cuando volvimos a hacerlo, ya estaba un poco grande, y resulta un poco bochornoso decir que aún lo hago, pero sí, aún juego, incluso comparto la afición con mi cuñada. La particularidad nos hizo cómplices.

Así que sin pena decidí comenzar a tomar fotografías de las cruces, mi familia apoyó la moción pensando que era un trabajo universitario, y no sólo mi particular interés de fotografiar. En esa época tuve la nefasta obsesión de observar fotografías post mortem, aún lo hago, y descubrir en la mirada de los muertos y sus familiares, algo que me remitiera a ellos, a su memoria, y a la mía tan escasa. Al carecer de gente tan romántica que me permitiera fotografiar a sus muertos, decidí fotografiar las cruces, así que durante algunos trayectos mi familia detenía el auto y me dejaban tomar las fotografías con mi cámara análoga, incluso ellos empezaron a buscarlas, por que con los años estás ya eran menos notorias que durante mi infancia.

 

Quería capturar “las almas”, o mejor dicho las historias. Tenía pretensiones de descubrir lo invisible. Pero el progreso se las había llevado, desaparecían bajo el pasto, las personas ya no volvieron a colocarlas, y olvidaron conmemorar a sus muertos, ahora se habían vuelto índices de mortalidad en accidentes de tránsito, pintados por estrellas negras. Muchas de esas cruces no solo significaban eso, también eran signo de muertes violentas ocurridas en parajes inhóspitos de nuestra geografía, evidencias dejadas por sus muertos, a quienes nunca se les mira a la cara, por que son la historia que no se quiere contar.

El pasado se había vuelto difuso en las carreteras, como en la memoria de un pueblo que siempre olvida. El progreso parece ser marcado por la capacidad de olvidar, la mente no quiere contener ningún mecanismo que no le permita placer, y la memoria arrastra todo tipo de sensaciones, sin filtros ,todo se escabulle, volviéndose picazón, por eso es preferible perderla, un Funes es funesto a estos tiempos. No se puede juzgar la necesitad de querer el olvido, pero la historia parece desbaratarse y ser armada por otros a su antojo, como yo lo hacía desde la ventana del automóvil, pero eso era un juego, no la realidad de un país, y se convierte peligroso sostener ese juego, porque puede resultar fatigoso permitir que otros escamoteen con nuestras verdades, ya que simplemente podemos perder, dejar de reconocer las líneas, un lugar donde las fotografías pierden su orden y se olvida su contenido real.

La cruz, a pesar de ser evidencia de sometimiento de una iglesia, como todo lo que llegó a estas tierras, se mezclaba con elementos “paganos” que le daban su propio carácter, les recordaban a unos su lengua, sus costumbres, sus creencias y sobretodo a sus muertos, a eso invisible que los ataba al otro, algo que lo conmovía en su propio relato. Ahora ya no me puedo detener ni siquiera a tomar las fotografías, todo va tan rápido, nada se detiene, ni siquiera mi memoria captura, solo es una gran falla en el sistema, y se debe cerrar la página.

 

 

 

0 0 1822 28 febrero, 2012 Articulos, Fotografía, Textos febrero 28, 2012

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *